Boyacá

 jueves 07 de mayo de 2020

 

“Toda crisis ofrece también una oportunidad”: Yuval Noah Harari

Foto: Unesco

El historiador israelí Yuval Noah Harari(link is external), autor de Sapiens – Breve historia de la humanidad, expone en El Correo de la UNESCO cuáles pueden ser las consecuencias de la actual crisis sanitaria mundial y aboga por reforzar la cooperación científica internacional, así como por el aprovechamiento compartido de la información.

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¿Por qué esta grave crisis sanitaria difiere de las anteriores y qué nos enseña?

A decir verdad, no me cabe la certeza de que nos hallemos ante la crisis sanitaria más grave que la humanidad haya tenido que afrontar. La epidemia de gripe del bienio 1918-1919 fue peor, la del sida probablemente también y otro tanto podemos decir de pandemias que se produjeron en otras épocas de la historia. En realidad, la pandemia actual es más benigna si la comparamos con otras anteriores. A comienzos del decenio de 1980, si se contraía el sida el fallecimiento era inevitable. La peste negra que asoló Europa entre 1347 y 1351 causó la muerte de un 25% a un 50% de las poblaciones afectadas, y la gripe de 1918 aniquiló al 10% de la población total de algunos países. En cambio, el COVID-19 solo está acabando con la vida de menos de un 5% de las personas infectadas y es poco probable que mate a más del 1% de la población de cualquier país del mundo, a no ser que el virus experimente una mutación peligrosa.

Además, hoy en día contamos con los conocimientos científicos e instrumentos tecnológicos requeridos para vencer la actual epidemia, cosa que no ocurría antaño. Por ejemplo, ante la peste negra la gente se vio completamente inerme y nunca se descubrió cómo protegerse contra ella, ni de qué manera erradicarla. La facultad de medicina de la Universidad de París creía en 1348 que esta epidemia había sido provocada por un evento astrológico consistente en “la conjunción excepcional de tres planetas en el signo de Acuario de la esfera celeste [que trajo consigo] una putrefacción mortal del aire” (cita extraída de la obra The Black Death de Rosemary Horrox, Manchester University Press, 1994, pág. 159).

En cambio, cuando el COVID-19 surgió los científicos solamente han tardado dos semanas en identificarlo, en secuenciar la totalidad de su genoma y en elaborar pruebas fiables para detectarlo. Sabemos ya qué es preciso hacer para frenar la enfermedad y es probable que, de aquí a uno o dos años, podamos disponer de una vacuna contra ella.

Pero el COVID-19 no ha provocado solamente una grave crisis sanitaria. Ha generado, al mismo tiempo, una enorme crisis económica y política. Más que el virus, me atemorizan los demonios que agitan el alma de la humanidad: el odio, la codicia y la ignorancia. Si la gente achaca a los extranjeros y las minorías la responsabilidad de la epidemia, si las empresas ávidas de ganancias solo se preocupan por obtener beneficios y si damos crédito a toda suerte de teorías conspiratorias, será mucho más difícil vencer al virus y tendremos que vivir después en un mundo envenenado por ese odio, esa codicia y esa ignorancia. Por el contrario, si recurrimos a la solidaridad y generosidad internacionales para combatir la epidemia y si confiamos en la ciencia, desechando las teorías de la conspiración, tengo la convicción de que podremos superar la crisis e incluso salir mucho más fortalecidos.

¿Hasta qué punto el distanciamiento social puede llegar convertirse en una norma? ¿Cuáles serían las repercusiones en la sociedad?

Es imprescindible adoptar determinadas medidas de distanciamiento social mientras dure la crisis. El virus se propaga explotando los instintos humanos más nobles. Somos animales sociales por definición y nos gusta el contacto con los demás, sobre todo cuando atravesamos por periodos difíciles. Si familiares, amigos o vecinos nuestros enferman, sentimos compasión por ellos y queremos ayudarles. El virus se aprovecha de esto en contra nuestra y así es como se propaga. De ahí que debamos guiarnos ante todo por la razón y no tanto por los sentimientos, y de ahí también que debamos restringir nuestros contactos pese a las dificultades que esto entraña. El virus es una información genética totalmente desprovista de razón, mientras que los seres humanos somos capaces de analizar las situaciones racionalmente y modificar nuestro comportamiento en consecuencia. Creo que cuando salgamos de la crisis, comprobaremos que no se han producido efectos que alteren nuestros instintos humanos básicos. Seguiremos siendo animales sociales, nos seguirá gustando el contacto con los demás y seguiremos acudiendo en ayuda de nuestros familiares y amigos.

Veamos, por ejemplo, lo que ocurrió después de la epidemia del sida con el colectivo LGBTI (lesbiana, gay, bisexual, transgénero e intersexual). Esta enfermedad fue terrible para los homosexuales que, en muchos casos, fueron abandonados por las autoridades gubernamentales. Sin embargo, en lugar de desintegrar a esta comunidad, el sida la fortaleció. Cuando la crisis llegó a su momento culminante, numerosos voluntarios del colectivo LGTBI ya habían creado múltiples asociaciones para ayudar a los enfermos, difundir información fiable y luchar por la conquista de sus derechos políticos y sociales. En el decenio de 1990, una vez que quedaron atrás los peores años de la epidemia, esta comunidad se había robustecido en muchos países.

Es bien sabido que la UNESCO se creó tras la Segunda Guerra Mundial para, entre otros fines, promover la cooperación científica e intelectual entre las naciones mediante la libre circulación de los conocimientos y las ideas. En opinión suya, ¿cómo se va a configurar la cooperación internacional en los ámbitos de la ciencia y la información cuando finalice la crisis actual? ¿Podrá salir reforzada esa libre circulación?

La gran ventaja que tienen las naciones contra el coronavirus es su capacidad de cooperar con eficacia. Un virus propagado en China y un virus propagado en Estados Unidos no pueden asesorarse entre sí sobre el modo de infectar a los seres humanos. Sin embargo, China y Estados Unidos sí pueden intercambiar información muy valiosa sobre los virus y los modos de contrarrestarlos. China podría incluso enviar expertos y equipamientos para ayudar a Estados Unidos y este país, a su vez, podría prestar ayuda a otros. Naturalmente, los virus no pueden hacer algo semejante.

El aprovechamiento compartido de información quizás sea la forma de cooperación más importante, ya que nada se puede hacer cuando no se dispone de datos exactos y precisos. Sin datos fiables es imposible elaborar medicamentos. Incluso la protección contra los virus depende de la información. Si no se comprende de qué manera se propaga una enfermedad, ¿cómo es posible confinar a las poblaciones para protegerlas?

Por ejemplo, el modo de precaverse contra el sida difiere mucho de la manera de protegerse contra el COVID-19. En el primer caso es necesario utilizar un preservativo en las relaciones sexuales, pero es perfectamente posible conversar con una persona seropositiva cara a cara e incluso abrazarla. En cambio, en el caso del COVID-19 la situación es muy diferente. Para saber cómo es necesario protegerse es preciso disponer de datos e información fiables sobre el causante de la enfermedad. ¿La provoca un virus o una bacteria? ¿Se contagia por vía sanguínea o respiratoria? ¿Es peligrosa para los niños, o para las personas de edad? ¿Hay una sola cepa del virus, o existen varias cepas mutantes?

En los últimos años, dirigentes autoritarios y populistas no solo han intentado obstaculizar la libre circulación de la información, sino que han tratado también de minar la confianza de la opinión pública en la ciencia. Algunos líderes políticos han tachado a los científicos de ser una élite siniestra desligada por completo de la ciudadanía común y corriente. Han alentado a sus partidarios a no hacer caso de lo que nos dice la ciencia sobre el cambio climático, e incluso sobre las vacunas. Hoy en día, tendría que resultar evidente para todos que esos discursos populistas son extremadamente peligrosos. En periodos de crisis, es necesario que la información circule libremente y que la población confíe en los expertos científicos y desoiga a los políticos demagogos.

Por fortuna, podemos observar que en la situación actual la mayoría de la gente hace caso a la ciencia. La Iglesia Católica pide a sus fieles que no frecuenten los templos. Israel clausura las sinagogas. La República Islámica de Irán sanciona a todos los que acuden a las mezquitas. Los adeptos a otras religiones y sectas de toda índole suspenden sus celebraciones públicas. Y todo esto se debe a que los científicos, después de haber hecho cálculos, han recomendado que se cierren los lugares de culto.

Cabe esperar que al final de la crisis la gente siga teniendo bien presente cuán importante es la información científica, y que en tiempos normales se debe invertir más en la investigación en ciencias si se quiere disponer de datos fiables en futuras épocas de crisis. La información científica no cae del cielo y no germina como por ensalmo en la mente de algunos genios, sino que se debe a la existencia de instituciones independientes como universidades, hospitales y órganos de prensa. Estas instituciones investigan la verdad y, además, gozan de libertad para decírsela al público sin temor a ser sancionadas por un régimen autoritario. Aunque es necesario que transcurran años para que este tipo de organismos consoliden su fiabilidad e independencia una vez creados, merece la pena esa larga espera. En efecto, las sociedades que proporcionan información científica acreditada a sus ciudadanos apoyándose en instituciones independientes sólidas, pueden combatir una epidemia con más eficacia que las dictaduras despóticas, ya que para perpetuarse éstas se ven obligadas a ejercer un control permanente sobre poblaciones mantenidas en la ignorancia.

Por ejemplo, ¿cómo se puede lograr que millones de personas se laven a diario las manos con jabón? Se puede, desde luego, poner a un policía o instalar una videocámara en todos los servicios higiénicos para sancionar a quienes no lo hagan. Pero también se puede enseñar a los escolares qué son las bacterias y virus patógenos y explicarles que se pueden eliminar con el jabón, dando luego a la población en general un amplio margen de confianza para que se forje su propia opinión sobre la necesidad de esta práctica. ¿Cuál de los dos métodos les parece mejor?

¿Cuál es la importancia de que los países cooperen entre sí para difundir información fiable?

Los países no solo deben compartir información sobre cuestiones estrictamente médicas, sino que han de abordar muchas otras más, desde las repercusiones económicas de las crisis sanitarias hasta el problema de la salud mental de los ciudadanos. Supongamos que en un determinado país se esté examinando hoy qué clase de política de confinamiento se debe adoptar. Naturalmente, será necesario que tenga en cuenta la propagación de la enfermedad, pero también los costos económicos y psicológicos del confinamiento. Como otras naciones ya han afrontado antes ese problema y han adoptado políticas diferentes, el país que proyecte ahora una política de confinamiento puede examinar, sin basarse en meras especulaciones y sin repetir errores, qué consecuencias reales han tenido las diversas prácticas de confinamiento aplicadas en China, Italia, el Reino Unido, la República de Corea o Suecia, por ejemplo. Esto le servirá para tomar decisiones más acertadas. No obstante, para que así sea todos los países deben informar con honradez del número de contagios y defunciones, así como de la repercusión de las medidas de confinamiento en sus economías y en la salud mental de sus ciudadanos.

Con el surgimiento de la inteligencia artificial y la necesidad de hallar soluciones técnicas las empresas privadas han hecho su entrada en este ámbito. Habida cuenta de ese contexto, ¿es posible todavía elaborar principios éticos mundiales y restaurar la cooperación internacional en este campo?

El hecho de que las empresas privadas se hayan involucrado en ese ámbito hace que sea más importante aún la tarea de concebir principios éticos mundiales y restaurar la cooperación internacional. Como sabemos que algunas de esas empresas se guían más por la obtención de beneficios que por la solidaridad, es preciso reglamentar escrupulosamente sus actividades. A este respecto conviene señalar que incluso las empresas sin fines lucrativos no tienen que rendir cuentas al público directamente. Por eso, es peligroso permitirles que acumulen demasiado poder.

Esto es verdad sobre todo en el ámbito de la vigilancia. Hoy en día, estamos presenciando en todo el mundo la implantación de sistemas estatales y empresariales de vigilancia. La crisis actual podría entrañar un cambio muy importante en la evolución de esta práctica por dos motivos: en primer lugar, porque podría legitimar y normalizar un despliegue masivo de instrumentos de vigilancia en países que hasta ahora lo han rechazado; en segundo lugar, y esto es mucho más importante, porque podría provocar una transición brusca de la actual vigilancia “epidérmica” a otra de carácter “intradérmico”.

Antes, los gobiernos y las empresas vigilaban sobre todo nuestros actos, controlando adónde íbamos y con qué personas nos encontrábamos, pero hoy parecen interesarse más por averiguar lo que ocurre dentro nuestro cuerpo, por ejemplo qué estado de salud, temperatura y tensión arterial tenemos. Al acopiar esta clase de datos biométricos, los gobiernos y las empresas pueden saber sobre nosotros mucho más de lo que hasta ahora podían conocer.

¿Puede darnos ejemplos de principios éticos susceptibles de servir de orientación para una reglamentación de esos sistemas de vigilancia?
Lo ideal sería que un sistema de vigilancia biométrica funcionara bajo el control de una autoridad sanitaria especial, en vez de dejarlo en manos de una empresa privada o de los servicios de información estatales. Esa autoridad tendría que centrarse en la prevención de epidemias y carecer por completo de intereses comerciales o políticos...No estamos ante una guerra, sino ante una crisis sanitaria.

Las ideas y opiniones expresadas en esta entrevista no son necesariamente las de la UNESCO y no comprometen en modo alguno a la Organización.

Fuente: Publicado por Unesco

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