Cultura

 miércoles 17 de junio de 2020

 

Turismo. Y me enamoré de Concepción

Foto: GRS

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Por razones muy sencillas lo hice, amo este pedacito de cielo por su gente buena, sus paisajes, su olor, sus montañas, sus aguas, sus calles, su frío, sus amaneceres y atardeceres, su nombre, sus mangas, sus casitas campesinas, su neblina, el humo que sale de las chimeneas de sus casas campesinas y trae olores a campo y sabor a patria.

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Horas de inefable encanto he pasado extasiado mirando su belleza, caminando sus calles, sumergido en las frías aguas de sus diáfanas aguas. Inefable es el recuerdo que guardo de los gratos momentos que allí he vivido al lado de mis hijos, nietos, mi madre y amigos.
Hablar de este pedacito de cielo es recordar mis saboreadas de café con leche en el Alto de Pastorita, sitio obligado para enterarse de lo que pasa en el pueblo, de los conos de mil que compro en el parque o de la cerveza que me tomo cuando voy a meterme al río en el balneario de Los Payasos o en el Gran Salón. El frío delicioso que siempre me acompaña y los buenos días de sus gentes. Todo esto es un rincón del cielo para alguien de ciudad como yo.
Aquí me encanta levantarme bien temprano, con los primeros rayos del sol para percibir los milagros de la vida: la niebla, los pájaros, las vacas, el olor a campo. Vivir en este paraíso siempre se convierte en una agradable aventura, pues, en realidad, aquí todo es mágico, conversar con mis vecinos, elevar cometa, caminar por sus caminos destapados, tirar charco en El Aguacate, en el Chiquicharquito, disfrutar de la compañía de mis mascotas, Mirringuito, la Sinveres, Emilio, Tragas y Firu.

Aquí disfruto mucho de sentarme en las escalas de la Casa Naranja y ver pasar los caballos, perros y vacas por la pequeña vía adoquinada al lado de la casa, del murmullo del agua cristalina que baja por la quebrada, me sorprende lo limpio de sus aguas, es que en realidad todo esto y muchísimas cosas más me tienen obnubilado de este pueblo, de mi Concha del alma.
Todos mis días son llenos de sorpresas agradables. Pensar en este pedacito de cielo me causa tan honda nostalgia, que me hace hundir mi alma sedienta en las linfas del ayer. Mi hermosa, mi querida, mi añorada Concepción. Tú nombre siempre será música para mis oídos y alegría para mis ojos.
Un tesoro de recuerdos guardo en mi corazón y doy gracias a Dios, desde el fondo de mi ser, por haber conocido este edén. Disfruté mis caminadas al lado Moriscas por sus callejuelas, oxigenaba mi vida con la alegría de sentirla tan viva. Eso fue La Concha para mi madre, años de vida en las tantas veces que vino a descansar a este remanso, sé que desde el cielo sonríe al verme feliz, pues ella era otra enamorada de este lugar. Mis sitios visitados han pasado a ser recuerdos llenos de hermosura. En mi corazón se han quedado enredados mis más agradables recuerdos y en ellos siempre veo a mi madre sonriendo.
Amo la lluvia en Concepción cuando viene acompañada de frío y neblina, amos su clima ideal, mis caminadas con la Chiqui, mis amigos, mis hijos y nietos. Es un placer disfrutar de la música del agua cuando toca su música en el techo de la Casa Naranja. Me encanta la lluvia porque algunas veces nos anuncia su llegada y otras aparece repentinamente, suave al principio, y después en torrentes, castigando las hojas de los árboles, los animales que pacen en las riberas de las quebradas y en algunas oportunidades a nosotros. Pero es que estoy en el cielo, y su lluvia es la gloria.
En verdad que mis días en este pedacito de cielo han convertido mi vida en sucesos diarios de descubrimientos y alegrías, pues me encanta mirar la mañana desde la silla del corredor, caminar con Emilio, Negro, Firu y Duque, hermoso mi Duque, que en paz descanse, te fuiste con tu corazón de niño a acompañar y alegrar con tu presencia a mi Moriscas.
Aquí, mi niño interior me puede, pues disfruto meterme por entre matorrales, hierbas, piedras, troncos y cercas. En definitiva, acá pierdo la noción del tiempo cuando salgo a aventurar, me coge la tarde, la noche. En medio de estos privilegios de Dios, mi cuerpo está rendido, pero no de los afanes de la vida, el cansancio me agobia cuando ya la luna está en lo alto del cielo, y su luz se refleja en las casitas campesinas. A esta hora de la noche, mi alma vive en paz.
Amo haber conocido y estar tan enamorado de la Concha porque la naturaleza me regala sus verdes en toda la gama de colores, me encanta decirle a todos los que a mi lado pasan ¡Buenos días! ¡muchas gracias! ¡Dios los bendiga!
Todos en este pueblo con su presencia me alegran los días y me ofrecen su compañía con sonrisas sinceras. En ocasiones, cuando estoy exhausto de caminar, me siento a observar a los campesinos pasar, caminar libremente por el campo y disfruto de la magia y de lo bello de su compañía. Espero tener pronto acá a mi hija, mis nietos y su esposo, pues desde la distancia también les he impregnado de este amor puro que siento por este paraíso bajo el sol.

Mis días en La Concha siempre son, amenos, gratificantes y familiares. En este lugar encuentro el pretexto para hallar la paz interior, paz que en la ciudad parece ya perdida., esa paz que es la esperanza para nuestras agitadas vidas.
Cuando aquí estoy todo me maravilla: sus calles, el olor de una buena bandeja hecha en casa campesina y con ese olor a patria y sabor a campo que sólo da la comida hecha con leña, la música del río, sus montañas, el frío, la neblina, su aire puro, el trinar de los pájaros, el ladrar de los perros, la compañía de mis hijos, nietos y amigos, el verdor de los paisajes, el volar de las mariposas y el mugir de las vacas. Y lo menos que puedo hacer por Concepción es demostrar mi agradecimiento por las alegrías que me ha proporcionado desde que se convirtió en mi novia, te prometo que no te seré infiel con ningún otro pueblo, prometo cuidar tu entorno, naturaleza, aguas y nombre.
Por todo eso… Amo este paraíso bajo el sol.

Fuente: BRP - Guillermo Romero Salamanca

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