Nación

 lunes 01 de septiembre de 2014

 

Ha muerto el zar, el zar ha muerto: el funeral de Víctor Carranza

Foto: Por: Pacho Escobar

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Su entierro fue el reflejo de la vida y la opulencia de este hombre que para bien o para mal se convirtió en un icono en la historia de Colombia

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Víctor Carranza está vestido de traje azul oscuro, camisa blanca y una corbata que combina con el atuendo. Ha perdido la tez bronceada de sus años mozos. Ya no tiene ese bigote espeso que lo hizo leyenda, tan solo una marcada línea cana que le rodea el labio superior. Sus cejas pobladas —como siempre— se salen de la circunferencia de sus parpados. Tiene las manos cruzadas, agarrando sin agarrar un rosario de pepas negras. Paradójicamente; ni la camándula, ni nada sobre su cuerpo, dejan asomar alguna esmeralda de esas que lo volvieron inmensamente millonario. Carranza yace muerto.

Al lado derecho, sentados en las poltronas de cuero de la Funeraria Gaviria, está la familia en pleno. Sobresale una mujer de pelo blanco al que se le ha aplicado un tenue color violeta. Es Blanca Carranza, la prima hermana con quien se casó Carranza cincuenta años atrás. Rodeándola están los cinco hijos de aquel matrimonio: Hollman, Víctor Ernesto, Mery, Andrés Felipe y Arturo. Herederos de sangre y fortuna, pero quizá no de la pasión esmeraldera que su padre siempre les quiso evitar.

—Yo creo que aquí se acaba el mito Carranza. A Hollman, que fue el único tocado por la fibra esmeraldera, no le alcanza la medida para calzar los zapatos de su papá —apunta en voz casi que inaudible uno de los viejos amigos del muerto. Algo sorprende cuando se indaga sobre Víctor Carranza, todos los que se van a referir a él: siempre bajan la voz, susurran, algunos hasta se tapan la boca para que no les lean los labios, así estén en su propia casa.

El joven con Síndrome de Down que está a la izquierda de doña Blanquita, como cariñosamente la llaman, es Arturo, el hijo más querido de Víctor Carranza. Era su consentido, su Arturito. El apólogo daba cuenta que los cinco hijos que tuvieron Víctor y Blanca, por haber sido concebidos bajo el amor entre primos hermanos, padecían problemas de salud. “El diablo no se queda con nada y todos tenemos nuestra propia desgracia, nuestra propia maldición”, decía la gente. Sin embargo, la realidad es otra, sentados al lado de su madre, sus otros hijos: Mery, Víctor Ernesto, Andrés Felipe y Hollman se ven sanos, sin denotar problema congénito alguno.

Pero estos no fueron los únicos hijos del esmeraldero. Al otro lado de la sala de velación se encuentra Vivian Carranza y su madre Betty, una rubia de ojos verdes, cintura de reina y piernas de princesa, que embrujó hace 40 años al guaquero Víctor. Los alejó el genio de la rubia, quien un día en un ataque de celos le propinó dos puñaladas al temido zar. “De todos los atentados ese sí casi lo mata. Pero jamás Víctor iba a dejar a su Blanquita, ni por Fura, la diosa de las esmeraldas”, susurra una amiga de la familia que, como todos los testigos, pide omitir su nombre porque “don Víctor así esté muerto, sigue siendo muy jodido”.

En la antecámara contigua, justo al lado de 58 arreglos florarles de más de dos metros de altura —con muchas cintas sin ningún remitente— está Julio Carranza. De los cinco hermanos que tuvo el difunto, era el más parecido. Julio se encuentra meditabundo tal vez recordando la niñez de pobres que llevaron en Guateque, por allá en los años treinta, cuando liberales y conservadores se mataban hasta por llevar un pañuelo de distinto color. El padre muere, entonces Víctor el más arrojado, con tan solo ocho años de edad se embarca en la empresa de salir a buscar fortuna y pegársele a los planteros de esmeraldas en el parque de Guateque. Empezó haciendo mandados y se ganaba las vueltas de lo que sobraba en la tienda o en la cantina.

El niño Carranza inició el negocio al revés; primero, viendo a los planteros recibir esmeraldas de los guaqueros y vender a los forasteros. Después pasó a guaquear en el río Chivor, donde rescataba pequeñas piedras que él mismo con la experiencia de la calle subía los fines de semana a negociar en el parque de Guateque. Las esmeraldas lo empezaron a perseguir, como en el mito de Are el dios de aquellas montañas. La primera mina a la que entró fue una en Chivor, con picaveta en mano y mochila al hombro casi no vuelve a salir. El embrujo verde lo embelesó para siempre. Desde aquellos días empezó a ahorrar para convertirse en un plantero de verdad y comprar o acceder a un corte propio. Contrario a la cultura juvenil del minero tradicional que se gasta el dinero en apuestas, juegos, putas y trago, Carranza solo gastaba lo necesario.

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Víctor Carranza y Blanca Carranza, a pesar de ser primos hermanos, se casaron en 1965 tuvieron cinco hijos. Sin embargo, en el sepelio del zar estuvo una de sus seis hijas por fuera del matrimonio.

Después de volverse uno de los ‘ganchos’ más diestros cortando piedras para encontrar esmeraldas; pasar por pueblos como Chivor, Borbur y Otanche; y andar untado de barro hasta en el bigote dentro de los túneles de San Juan, Bellavista y El Tequendama, Carranza se encontraría con el hombre que sería su gran socio, amigo y compinche durante casi treinta años, Gilberto Molina. Se conocieron a finales de los años cincuenta en Borbur. La cita se dio en el corte del tío de Gilberto, un viejo plantero llamado Parmenio Molina. A la dupla Molina-Carranza los uniría su juventud y la codicia por el poder.

Dos años más tarde se abriría una montaña centellante en Otanche descubriendo la mina que les llenaría de dinero hasta los sombreros: Peñas Blancas. Era la época de la primer “guerra verde”, en las que se enfrentaron los temidos capitanes de vetas Efraín González y Pablo Emilio Orjuela. La guerra la ganaría Orjuela, quien a su vez tenía entre sus trabajadores a Isauro Murcia y Parmenio Molina. El cruento desangre de esos primeros años sesenta, lo verían desde la barrera los jóvenes Gilberto y Víctor, que en la libreta de la piel tomarían apuntes para no dejarse matar y convertirse en los siguientes zares de piedras preciosas.

En la sala de velación número cuatro acompañando al difunto Víctor Carranza se encuentran guaqueros, mineros, capataces, planteros, empresarios, un par de actrices, reinas, presentadoras, ganaderos, políticos y un sinnúmero de personalidades. Qué casualidad, exactamente en esta misma sala fueron velados expresidentes de la talla de Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Misael Pastrana Borrero, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay y Virgilio Barco Vargas. Con todos ellos, en su momento, tuvo que ver este campesino quien yace en aquel sarcófago adornado con su sombrero de cinta negra.

Desde niño, tal vez por intuición o por su sagacidad innata, tuvo la revelación de que debía rodearse del aparato estatal del país; preferiblemente, de los hombres del poder. El primer acercamiento fue de manera inocente, en plena campaña por la presidencia de 1946. A la zona minera llegó de visita Mariano Ospina Pérez junto a su esposa Bertha Hernández de Ospina. El pueril Víctor con apenas 10 años sirvió de guía y mandadero de la futura primera dama. Desde aquella semana la amistad se hizo infranqueable y toda esmeralda que gustaba de doña Bertha era vendida por el muchacho.

Pero el hombre que lo hizo billonario, su verdadero consiglieri en los negocios, no sería ningún esmeraldero, capo, político o presidente; sería un abogado costeño de origen libanés llamado Juan Beetar Down. Éste fue el hombre de mundo que lo sacaría de Boyacá para llevarlo a Canadá, Suiza, Francia, Alemania, Israel, Brasil y Sudáfrica. Beetar llegó a principios de la década del sesenta a la zona esmeraldera. Su olfato de negociante de inmediato identificó a Carranza como el hombre que lo iba a surtir de cientos de esmeraldas en bruto.

—Entrégame las esmeraldas a mí que yo las vendo en Bogotá a la gente rica que conozco. También puedo mandar piedras a Europa que es donde las compran al triple —fue lo primero que le propuso el hábil abogado con acento costeño.

Tarros de leche en polvo llenos de esmeraldas le llevaba Carranza a Juan Beetar. A su vez el judío respondía con grandes sumas de dinero, pero con algo que valía más que los billetes: las relaciones. En la presidencia de Guillermo León Valencia, el abogado a través de sus amistades logró que a Carranza le otorgaran la concesión de la mina Mundo Nuevo, en Ubalá (Cundinamarca). Para muchos era increíble que a un guaquero de tan solo 28 años de edad le dieran a administrar una porción de tierra que hasta el momento no tenía dueño y se ganaba pero peleando a muerte. Fue sorprendente hasta para la familia Salinas que llevaba 17 años detrás de la adjudicación. El secreto era el abogado Beetar.

Juan le enseñó a Víctor que las relaciones con los hombres del Estado no sólo se hacían para adquirir minas; la intensión tenía algo de mayor calado, conducían a algo más profundo: crear amistad. A posteriori esta fórmula se traduciría en legalidad, legalidad en riqueza y del tubo de ensayo emergería mágicamente la poción deseada, EL PODER. El lobby amistoso se trasladaría a Misael Pastrana Borrero. Juan presentaría a Víctor en la propia casa del político. Sí había que llegar con presentes, Gilberto Molina no ponía problema por conquistar los nuevos amigos de la capital.

La presencia del abogado de aspecto de dandi, traje a la medida y buenos modales; junto al esmeraldero de sombrero campesino, bigote de vaquero y manos callosas, darían como resultado que Gerardo Silva Valderrama, ministro de Minas y Energía de Pastrana Borrero, recibiera la orden de otorgar una concesión de 36.000 hectáreas de reserva especial de la nación al grupo de Juan Beetar, Víctor Carranza, Gilberto Molina e Isauro Murcia. Por la presencia de éste último, quien se había peleado esas tierras a tiros por un par de décadas, El Tiempo titularía “La mafia licitará minas de esmeraldas”.

Por su lado, en la zona esmeraldera, Carranza practicaba las enseñanzas de su consiglieri Beetar: sin que le pidieran favores él los hacía para que en el momento que se necesitara, poder recordarle a los amigos lo generoso que había sido en otrora. Por ejemplo, Víctor sacó de la mazmorra al viejo Isauro Murcia, quien se hallaba en la cárcel por el presunto asesinato de algunos esmeralderos.

Entre tanto, Pastrana Borrero medió en el gobierno que le sucedió, el de López Michelsen, para que accedieran a la concesión legal de las montañas mitológicas de Muzo. Mientras Carranza y sus trabajadores se internaban por semanas en las profundas minas a sacar las lágrimas de Tena; Beetar viajaba por Europa encargándose de crear vínculos comerciales con los más destacados gemólogos y empresarios del otro lado del océano. Con todo y esto, el sagaz Víctor, que de los pelos de su bigote no tenía uno solo de ingenuo, sólo le había exigido una condición a su consiglieri: que en cada reunión en Colombia para entablar relaciones con los hombres del Estado, debía estar él presente. De esta manera el campesino de Guateque con apellido de poeta, comenzó a sentarse al costado derecho en la mesa de las familias más connotadas del país: los López, Pastrana, Gaviria, y Santos.

—Yo conocí a Víctor Carranza en las oficinas de El Tiempo cuando era defensor de los lectores. En esa oportunidad el padre del hoy candidato (Juan Manuel Santos) me presentó a Carranza y me lo recomendó para que en las páginas del diario no se fueran a meter con él, —afirmó en su momento el columnista Felipe Zuleta Lleras, refiriéndose a la amistad de la familia Santos con el esmeraldero.

Al lado de la puerta de la sala de velación, hay un entrepaño de madera donde reposa una agenda de mensajes para la familia del difunto. A las diez de la mañana de aquel sábado 6 de abril, las 120 hojas del breviario ya están llenas por lado y lado con 200 mensajes como:. “Ayer estuvo entre nosotros riendo y compartiendo todo de sí. Hoy nos queda sólo su recuerdo. ATT: Familia Cortez”. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, te guardará en nuestros corazones y nuestros pensamientos. ATT: Fundación Muzo Social”. “Tú has sido una persona ejemplar, siempre dispuesto a ayudar, fuerte y con sentido del humor. No cabe duda de que extrañaremos. ATT: Familia Guerrero”.

Muchos agradeciendo los favores recibidos, otros procurando sus respetos. Todos lo tienen presente por la reparación de la vía Chiquinquira-Pauna-Borbur, la transformación del corregimiento de Quípama en municipio — dotarlo del colegio Nuestra Señora de la Paz, un palacio municipal, un hotel y un aeropuerto—, la restauración de una decena de iglesias, la creación de parques, la realización de reinados. También porque don Víctor mediaba en las peleas, hacía suyos los problemas del otro, aseguraba 800 empleos directos en sus empresas mineras y ganaderas, pero prefería las ayudas materiales y concretas de beneficio para todos y no repartir dinero. Daba empleo antes que comportarse como un dadivoso Papá Noel repartidor de regalos. Cuando se asociaba calculaba bien, sabía por qué y con quién. Enseñanzas también aprendidas de su consiglieri.

—Una vez me “enguaqué” duro. Afuera de la mina la gente hacia cola esperando las morrallas, las piedras sucias que no me iba a llevar. Por la noche, una amiga me esperó para pedirme diez millones de pesos para salir de una deuda que la estaba ahogando. Le regalé cinco millones, porque no podía darle todo y salí a deber. Me trató de tacaño. Cuando llegó Víctor a los dos días me regañó: cómo se le ocurre hacer eso, no ve que lo están es tratando de HP. No sea bruto. Haga como yo, no regale nada para que ahí si digan la verdad, que uno es un HP —recuerda un esmeraldero.

Su habilidad de lograr pasar como un gran benefactor sin regalar nada y saber asociarse con los que eran, lo llevaron a amasar su gran fortuna. Con Gilberto Molina y su familia inició los negocios en las minas de Muzo, Borbur y Quipama.

Fuente: boyacaradio.com

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