Mundo

 jueves 02 de enero de 2020

 

Una foto tomada por un japonés con Armín Torres

Foto: DT

El 23 de diciembre lo llamé para solicitarle una cita. Hacía años que no veía al gran Armín Torres, ni a Mery Ciro, su esposa y deseaba aprovechar una estadía de unos días por La Gran Manzana, de esa Nueva York amada y odiada por muchos, para hablar unos minutos con ellos.

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“Hermano –me comentó—estoy hasta las orejas de ocupado. Mañana tengo una comida con toda la familia y debo preparar un ajiaco para 50 personas. Ya tengo listas las mazorcas, las papas, el pollo, pero eso tiene su magia y a mis comensales les fascinan mis platos. A esto hay que ponerle demasiado cariño y demasiado entusiasmo”, comentó.
--Armín, sólo quiero decirle unas palabras y llevarme una foto de recuerdo.
--“Flaco, eso lo veo muy complicado”, contestó.
--Viajo el 25 muy temprano, le comenté. Estamos a dos manzanas de distancia. Voy para Corning, la ciudad donde Nicolai Tesla y Tomás Alba Edison fabricaron el primer bombillo del mundo.
El Día de Navidad, día festivo también en los Estados Unidos, llegó presuroso, con una botella de vino. Si la gente camina de prisa en Nueva York, Armín Torres, lo hace más rápido. Cambió sus zapatos Corona, pesados y brillantes, por unos tenis, con almohadillas diseñadas para sus pies, amplios respiradores y cordones adaptables a cada movimiento. Llevaba una mochila guayú en la cual cargaba su celular y unos documentos. Estaba abrigado para el frío penetrante de este diciembre.
No ha dejado su costumbre de reír, ni de dar consejos. Se burla de todo y de todos e imparte ceremoniales discursos hasta para servir un café, como le indica a la joven de Bangladesh que a las diez de la mañana nos atiende en Dunkin' Donuts, el único lugar que atendía a esa hora en la ciudad que nunca duerme.
Un habitante de calle se nos acerca y Armín le pregunta que si desea café. El hombre alto, rubio y de hermosos ojos azules, le responde negativamente. Luego le interroga si prefiere un sándwich o una dona y le vuelve a decir que no. ¿Y entonces qué quiere?, le manifiesta y entonces le contesta con una palabra: “money”.
Armín suelta una de sus burlonas sonrisas y lo despide sin una moneda. “La ciudad –explica—les da su desayuno, almuerzo y comida, tienen lugares de albergues, pero, la gran mayoría han convertido esta forma de andar por las vías neoyorkinas, en vida”.
Fueron unos 15 minutos de rápida conversación y de actualización de datos. Armín es un personaje especial y uno de los que marcó parte de la industria del espectáculo en Colombia. Comenzó organizando fiestas para la Cámara Junior y poco a poco descolló en la realización de grandes eventos con los cuales recorrió buena parte del país.
Gracias a su ímpetu empresarial llevó a Colombia a figuras como Raphael, Leonardo Favio, José José, Sandro, Camilo Sesto, Paloma San Basilio, Rocío Durcal, Rocío Jurado, José Luis Rodríguez “El Puma” y decenas de vocalistas de primera línea de los años ochenta y noventa.
Fue el primero en negociar con alcaldías, con la infatigable Sayco y la despiadada Acinpro para la presentar espectáculos. Llevó durante más de 15 años a las figuras que acompañaban a los reinados de belleza de Cartagena y su nombre era una marca, una institución en el espectáculo.
Pero lo mejor era conversar con Armín cuando no había ese agite de presentaciones. Al lado de su esposa, la dinámica Mery Ciro, degustamos suculentos almuerzos en los más prestigiosos hoteles y restaurantes. Un día podía ser caviar ruso u otro, escargots à la bourguignonne. O unos más, unos inolvidables fríjoles con chicharrón.
En esas charlas, Armín era el catedrático que aconsejaba sobre cómo escribir y hacer reportajes. Nos reuníamos, muchas veces con los periodistas del espectáculo del momento. Nos veíamos con Ana Sofía Sierra, María Cristina Guerrero, Germán Matamoros, Ricardo Bicenty, Ricardo Rondón, Víctor Manuel García, Juan Carlos Insignares, Germán Yances, Lázaro Vanegas, Miguel Ayuso, Álvaro Monroy, Vilma Rincón, Jairo Ossa, Graciela Torres, Patricia Andrade, Alberto Suárez, Leonidas Núñez, Alfonso “El conejo” Barrios, Gilma Velásquez, Ketty Lora, Olga Lucía Martínez, Carlos Gustavo Álvarez, Lucía Beatriz Muñoz, entre otros.
“Ahora voy a traer a Palito Ortega, pregúntenle por la política, sus canciones, sus películas, pero sobre todo por el tango”, instruía, porque en aquellos años no existía míster Google.
Algunas veces nos llamaba a unos cuatro escuderos y nos decía: “Necesito que nos reunamos para algo importante”. Claro, le cumplíamos la cita, llegábamos a su apartamento en el edificio Bavaria y comenzaba la reunión con un buen whisky –de esos que sólo veíamos en vitrinas-, luego el segundo, uno más, otro menos aguado para catar la calidad y después de 10, le preguntábamos: “Hermano, ¿qué era lo importante que nos tenía que decir?”. Entonces él contestaba: “!Que están borrachos y yo con borrachos no hablo!” y soltaba una estruendosa carcajada. Mery, muy gentilmente, nos mandaba en sendos taxis para las casas donde nos recibían con el regaño de la madrugada.
Armín, con don Enrique Quintero, marcaron una época de dorada de los grandes conciertos con los baladistas de los años ochenta. Vistieron de etiqueta a los espectadores para presenciar eventos de altura en los diversos hoteles de las ciudades o en los teatros locales porque no había lugares para grandes eventos.
Le vi también acongojado cuando a un evento no asistía la gente, lo vi rabioso cuando algo no sabía bien, lo vi pelear con algún directivo de Sayco, pero lo veía sobreponerse ante la crisis del momento. Después se reía solo. Un gran tipo para aprenderle cómo levantarse después de una gran caída.
--Armín, ¿por qué no hay baños en Nueva York?, le pregunté.
--Si, hay, lo que pasa es que son reservados para los clientes. Si los dejan abiertos, pues se llenan de todos los habitantes de calle.
--¿Por qué todo el mundo anda de afán?
--Porque esta ciudad es de negocios y donde lo único que vale es el tiempo. Un minuto que se pierde vale miles de dólares.
--¿Cree que van a tumbar a Donald Trump?
--Mire, lo que pasa es que los demócratas tienen que bajarle la imagen al presidente a como dé lugar para subirles puntos a sus candidatos para las próximas elecciones que serán en noviembre. Pero Trump tiene la mayoría en el Senado y algo importante: la economía está bien. Hace años los restaurantes estaban vacíos, hoy están repletos y toca hacer fila para comer. Los norteamericanos están felices con él.
--¿Qué pasó con su restaurante?
--Acá la vida es de momentos y hay que variar los negocios constantemente. Yo ahora me voy a vivir a Miami. Hay nuevas cosas por hacer.
--¿Eran mejor los periodistas de antes o los influencers?
--Eso sí ha sido curioso. Cuando tenía el restaurante acá en Nueva York, se aparecían unos tipos, daban quejas sobre la comida, decían que eran influencers o youtubers, que tenían millones de seguidores y claro, en esa congestión del momento, yo les decía, que no les cobraba y que habláramos después. Nunca volvían y entendí que era una forma que tenían para comer gratis.
--¿Volvería a montar espectáculos en Colombia?
--No lo creo, pero no se puede decir nada hasta el momento.
--¿Qué extraña de Colombia?
--Todo, aunque yo voy cada seis meses y degusto sus platos.
De pronto, Armín me observa y me dice: “¿Y qué era lo que tenía que decirme?”
--Armín, sólo una palabra: “Gracias”. Y aproveché unos minutos más de su tiempo para expresar los agradecimientos –extendidos a Mery, quien no pudo ir al madrugón-- por los años de enseñanzas, alegrías, risas, generosidad, por tantos y tantos consejos para la vida y para esta profesión amada: el Periodismo.
Nos abrazamos y le pedimos el favor a un japonés que nos tomara un par de fotos.
Armín, desde la distancia: “¡Feliz año Nuevo, mi amigo!” mientras brindo con ese buen vino portugués. “¡Salud!”.

Fuente: BR - Guillermo Romero Salamanca

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