Deportes

 domingo 15 de mayo de 2016

 

La escuela de marchistas de Enrique Peña

Foto: COC

El chiquinquireño es considerado como el padre de la marcha atlética en Colombia. Enrique Peña, número 118, a la derecha, creador de la primera escuela de marchistas en Colombia.

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Por Ricardo Ávila Palacios
Periodista e historiador
Autor del libro Historia del Atletismo Colombiano


Poco antes de expirar los años sesenta del siglo pasado se exhibía en Bogotá una película sobre los Olímpicos de México 1968. Un fragmento de la cinta estaba dedicado a los andarines, que cada vez que aparecían en acción causaban risas de burla entre los cineastas. En todas las funciones se repetía la afrenta contra esos seres que caminaban bamboleando sutilmente las caderas. La gente se preguntaba, mientras veía las imágenes, si esos señores eran raros o amanerados.

Fue precisamente esa película la primera referencia que Enrique Peña, uno de los pioneros de esta actividad en Colombia , tuvo de la marcha. Él también vivió en carne propia la ignorancia de muchos ciudadanos que imprudentemente manifestaban su rechazo hacia este deporte.

“Una vez, dice Peña, estaba entrenando y un hombre estaba en la parte trasera de un camión que transportaba retazos de madera, me tiró un palo como de 80 centímetros de longitud. Me salvé porque no logró ponérmelo en la cabeza”.

Primero pasos

La historia de la caminata en Colombia empieza oficialmente en 1968, cuando contra viento y marea se realizó el Primer Campeonato de Marcha en el estadio Alfonso López de la Ciudad Universitaria, en Bogotá. En esa época los practicantes de esa disciplina no pasaban de la decena. Quizá el temor a ser señalados como especímenes extraños alejó a muchos por simple vergüenza, lo que truncó el surgimiento de nuevas figuras.

El primer campeón fue Alirio Torres, conocido posteriormente como árbitro de fútbol y luego como instructor arbitral. El tiempo empleado, para los 20 kilómetros, fue de 1 hora y 56 minutos.

Con el rótulo del anonimato los marchistas nacionales tuvieron su primera incursión internacional en territorio colombiano, durante los Juegos Panamericanos de Cali 71, donde actuaron Enrique Peña, Rafael Vega y Franklin Estrada.

Peña recuerda: “Yo logré clasificar al ganar una prueba selectiva en la que impuse nueva marca nacional y suramericana para los 20 kilómetros, con 1h 48m 4s y 4 d; un tiempo que daba risa. En los Panamericanos de Cali, Rafael Vega fue cuarto en 50 kilómetros con marca nacional de 4h 57m, yo fui descalificado en los 20 kilómetros, mientras mi compañero Franklin Estrada clasificó séptimo”.

“El resultado que obtuve en los Panamericanos me desanimó, pero recobré fuerza cuando el entrenador de los mexicanos, el polaco Jerzy Hausleber, me dijo que yo tenía condiciones para la marcha. De él aprendí técnicas y sistemas de entrenamiento”.

“Luego, Rafael Vega, Ernesto Alfaro y yo, fuimos quienes prácticamente revolucionamos la marcha en Colombia. Empezamos a viajar a México y poco a poco amplié mis conocimientos y sin darme cuenta me volví entrenador. En 1974 comencé seriamente a trabajar en Bogotá y hasta 1985 alrededor de 100 marchistas alcancé a tener bajo mis órdenes. Unos tuvieron un paso fugaz y otros fueron constantes como los Moreno (Querubín, Héctor, Clodomiro), Francisco Vargas; Mauricio Cortés… Muchos talentos se perdieron por falta de apoyo ante el eterno dilema de tener que escoger entre el deporte, el trabajo y la educación. Casi siempre, en contra de su voluntad, debieron inclinarse por el campo laboral porque la práctica deportiva no les aseguraba nada para el futuro”.

Proyección internacional

El dominio colombiano en campeonatos suramericanos comenzó en 1975, cuando Ernesto Alfaro (1:39:12) ganó el título surcontinental de los 20 kilómetros y desplazó de la lista de caudillos a los argentinos Guillermo Weller y Alberto Scorza, dueños de las marcas regionales desde finales de la década del 60. Alfaro fue seguido por Rafael Vega (1:39:52).

Los dos deportistas concurrieron al Panamericano de ese año: Alfaro fue octavo y Vega se retiró en la misma distancia. Un año después los colombianos salieron de su kínder como precoces alumnos, al enfrentar sin timidez a los mejores del mundo, los mejicanos, en el Centroamericano de Republica Dominicana. El manito Raúl González ganó los 50 kilómetros, seguido por su compatriota Pedro Aroche y por los colombianos Alfaro y Vega, en los puestos siguientes.

El ingreso al grupo de los mejores del mundo fue refrendado por Alfaro en un chequeo en Pereira, al establecer marca suramericana para los 20 kilómetros y una de las mejores 20 del orbe, con 1h 29m.

Primer peldaño olímpico

“Montreal dio otro grado a los andarines colombianos en los Juegos Olímpicos de 1976. De nuevo asistieron Ernesto Alfaro y Rafael Vega, quienes en los 20 kilómetros ocuparon los puestos 19 y 31, respectivamente”.

“El contacto obligado con los mexicanos, por la contienda inaugurada un año antes, se convirtió en roce saludable por la colaboración que ellos prestaron a los nuestros, quienes empezaron a frecuentar sus lugares de concentración y competencia y a alternar con ellos en lo deportivo y en lo técnico, porque, en particular, Enrique Peña combinaba su labor como practicante con la de entrenador, con el deseo de aprender en ambos campos”.

“En 1977 se produjo la primera presentación colombiana en la tradicional Semana Internacional de la Caminata, en México, y Enrique Peña fue noveno en los 50 kilómetros con nuevas marcas nacional y suramericana de 4h 46m”.

“Ese mismo año, Ernesto Alfaro se consagró campeón bolivariano de los 20 kilómetros, en los Juegos de la Paz, Bolivia”, rememora Peña.

El momento clave

También en 1977, Enrique Peña se tituló campeón suramericano de marcha en 20 kilómetros (1:37:21) y en 1978 comenzó a derrotar a los mexicanos: la primera víctima fue Arturo Bravo. A partir de este momento sus alumnos, en Boyacá, vieron en él a quién emular y luego a quién superar. Sería el exitoso comienzo de lo que algún periodista denominó la Escuela de Enrique, un plan que produjo andarines de alto nivel internacional ‘made in Colombia’.

Peña comenta que “en Tunja hubo dos cosas favorables para que el trabajo diera los frutos que produjo. Primero, el ambiente de una ciudad donde los muchachos tenían pocas oportunidades de recreación. Y segundo, la juventud allí es muy sana, tienen buena papa y mucha mística para trabajar. Además, todo nos quedaba cerca y esto facilitó aún más la labor. Lo que no sucede en las grandes ciudades”.

Ese trabajo planificado y disciplinado hizo que los integrantes de la Escuela de Enrique se convirtieran en íconos de la marcha no solo en Colombia sino en el exterior. Su consagración les permitió ganar suramericanos, bolivarianos, centroamericanos y panamericanos.

“Nos quedamos sin rivales en Suramérica y nos concentramos en que los marchistas alcanzaran el nivel olímpico. Afortunadamente los pocos recursos que nos brindó Coldeportes Boyacá, la lotería del departamento y hasta los colegios donde estudiaban mis alumnos (hacían colectas de dinero para que ellos pudieran viajar), nos permitió fijarnos en el exterior”.

“Una de las mejores actuaciones de nuestro atletismo a nivel mundial fue cuando Querubín Moreno quedó cuarto en la Copa Mundo de New York 1987, donde el equipo colombiano alcanzó el tercer lugar por equipos, solamente nos superaron México y Unión Soviética”.

“Mi gran frustración es no haber conseguido una medalla olímpica para Colombia, pero queda para demostrar los novenos lugares de Querubín en Los Ángeles 1984, y de Héctor en Barcelona 1992”.

La Escuela de Enrique inició la época de oro para la marcha de Colombia. El gran maestro dejó sembrada la semilla y para hacer camino al andar un día emigró a Ecuador a entrenar allí a los andarines locales. El premio mayor de su carrera como entrenador lo recibió durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, donde el ecuatoriano Jefferson Leonardo Pérez Quezada sorprendió a los grandes favoritos y bajo la batuta de Peña, el 26 de julio de ese año, ganó la medalla de oro en los 20 kilómetros marcha (1:20.07) y por apenas 16 segundos derrotó al ruso Ilya Markov (1:20.16), mientras el mexicano Bernardo Segura (1:20.23) se colgó el bronce.

Peña, alma de la marcha atlética

“Este boyacense es el técnico más exitoso en la historia del atletismo colombiano. Su máxima carta de presentación: la medalla de oro olímpica con el ecuatoriano Jerferson Pérez, en Atlanta 96. Como marchista, caminó 140 mil kilómetros que equivalen a 3,5 vueltas al planeta.

En su increíble y meteórica carrera en la marcha atlética Enrique Peña ha conquistado con sus pupilos los títulos más preciados en Juegos Olímpicos, Mundiales, Panamericanos, Centro y suramericanos, Bolivarianos y, de paso, ha actuado en ocho Juegos Olímpicos como competidor y entrenador nacional de Colombia, Ecuador y Estados Unidos, la primera potencia mundial en el deporte básico de pista y campo. Su largo trasegar lo ha llevado a más de 80 países en cuatro continentes (le falta África). Se hizo famoso mundialmente fuera de su país. ‘Nadie es profeta en su tierra’, reza la conocida frase.

Peña nació el 21 de abril de 1942 en Chiquinquirá – sede de la Virgen que lleva su nombre -, recuerda que en 1968 el entrenador sueco Rolf Svamberg ‘me invitó a participar en 10.000 metros en un Festival de Marcha y me entusiasmé con la competencia. Luego vino a Bogotá el alemán Otto Geffers, quien fue mi primer maestro y a la par que competía me capacitaba para compartir mis conocimientos con los primeros marchistas que hubo en Colombia, porque parodiando la canción y aplicándola a la marcha: ‘Antes de nosotros no hubo antes’.

Como competidor Peña fue conocido en las pistas como el ‘bigote que camina’, por lo abundante de su mostacho. Fue campeón nacional en los 20 y 50 kilómetros, participó en los Panamericanos de Cali 1971 y Caracas 1983, fue campeón suramericano en Montevideo y centroamericano y del Caribe en Costa Rica, lo que equivale a ser el mejor de Latinoamérica como marchista. En 1980, representó a Colombia en los Juegos Olímpicos de Moscú, donde ocupó el puesto el 17 en 20 km (con tiempo de 1h38:00.0) y el 14 en 50 km (4h29:27).

Con Hausleber se especializa en la marcha

Su profesión de entrenador la empieza a cimentar en México con uno de los técnicos más autorizados del mundo en caminata, el profesor polaco Jerzy Hausleber, a quien Peña considera su mentor. De él aprende los secretos de la fisiología del deporte, entrenamiento en altura y la marcha como prueba de alta competencia; gracias a una beca que le consigue el presidente del Comité Olímpico Colombiano, el médico Fidel Mendoza, con la Organización Deportiva Panamericana (Odepa). Todo el programa se realizó durante un año en el Centro Olímpico Mexicano.

En la década de los 80, Peña trabajó en Colombia con Coldeportes hasta que el gobierno del presidente Ernesto Samper (1994-1998) dejó sin piso laboral y prestacional a los entrenadores en todos los deportes, por lo que pasaron a ser empleados de las alcaldías, algunas sin presupuesto y con contratos de nueve meses al año. La salida de Peña de Coldeportes Cundinamarca se produjo en la gobernación Leonor Serrano de Camargo. Con nostalgia recuerda: “Me pidieron el puesto porque había que ubicar allí a los seguidores políticos de la gobernadora”.

Es en ese momento de inestabilidad laboral cuando llega una invitación del gobierno de Ecuador, a donde viaja para asumir la preparación del campeón mundial juvenil en Seúl-92, Jefferson Pérez, rumbo a los Juegos Olímpicos de Atlanta-96, donde maestro y alumno consiguen su consolidación deportiva.

‘Esa mañana del 26 de julio (Jefferson Pérez) venció la incredulidad ecuatoriana, puesto que solo un círculo reducido de gente que seguía muy de cerca su trayectoria abrigaba esa esperanza. La inyección de experiencia de Peña fue determinante en el momento de la motivación y la definición de la estrategia para la competencia misma. Un desconocido Pérez sorprendió también a los favoritos para ganar el evento”, escribió el biógrafo ecuatoriano Jaime Plaza.

Peña cuenta que sólo tres personas (atleta, entrenador y médico) sabían que Jefferson iba a ganar, por su preparación tanto física como mental, aunada a su agresividad competitiva. Y triunfó la lógica y el equipo. En su brillante carrera, Pérez alcanzó el oro en las olimpiadas de Atlanta – 96, y fue campeón mundial en París 2003 con nueva marca del mundo (1 hora 17′ 21″), Helsinki 2005 y Osaka 2007. Obtuvo una presea de plata en los olímpicos de Beijing 2008. Fue rey absoluto del circuito de las Américas y tres veces campeón panamericano.

La frustración con Querubín

Entre los alumnos colombianos de Peña se destacan los hermanos Querubín (noveno en los Juegos Olímpicos de Seúl-98) y Héctor Moreno (noveno en los Olímpicos de Barcelona-92), Francisco Vargas, Mauricio Torres y Mauricio Cortes, un talento frustrado que fue plusmarquista suramericano de los 50 kilómetros. En los Estados Unidos dirigió a Curt Clausen (medalla de bronce en el mundial de Sevilla 99). También entrenó a Eider Arévalo, bicampeón mundial juvenil de los 10 mil metros: primero, el 12 de mayo de 2012 en la Copa Mundo de Naciones en Saransk (Rusia), con registro de 41 minutos 17 segundos; y después en el Campeonato Mundial de Barcelona (España), el 13 de julio, (40:09.74)

La gran frustración de Peña fue no conseguir una medalla olímpica con Querubín Moreno en los 20 kilómetros, en la olimpiada de Seúl-88. En la Copa Mundo de Nueva York, Moreno cronometró 1 hora 20’18”, el cuarto mejor registro del mundo en la temporada 1987, detrás del mexicano Mercenario (1h 19’24”) y de los rusos Mostovick (1h 19’32”) y Gorckov (1h 20’04”).

A su regreso a Colombia, Querubín llegó afectado por una tendinitis isquiotibial y en Tunja no tenían la tecnología para recuperarlo. Mal tratada la lesión, nunca se recuperó. En Seúl, Querubín fue noveno, pero el año anterior le había ganado a los tres medallistas...

Fuente: Boyacaradio.com

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La escuela de marchistas de Enrique Peña