Cultura

 martes 19 de enero de 2016

 

Delvasto Ricaurte y su violín, magia en las calles de Tunja - Especial

Foto: Johana Ramírez Alarcón

La promesa del violín, recorre Colombia enamorando a todas las audiencias.

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Eran las 5 de la tarde, caminaba cerca a la Plaza de Bolívar de Tunja y hacía un día como los que nos acompañan últimamente, de un sol ardiente con el característico viento frío que viene del sur. De pronto, mi cotidianidad se vio interrumpida por un sonido envolvente, de un poder hipnótico que indudablemente provenía de un violín. La melodía parecía estar en el aire, flotaba y llegaba suavemente a mis oídos. No fue difícil saber de dónde venía, pues escuchaba a la gente murmurar cerca de un simpático joven, alto, delgado, de tez trigueña, vestido de negro y con una clásica boina que complementaba su aura artística.

Fue inevitable acercarme, escuchar cómo la gente impresionada se preguntaba, ¿qué hacía tocando en las calles un músico tan extraordinario? Al terminar su presentación fui a casa y no pude dejar de escuchar en mi mente ese bello violín, así que al día siguiente lo busqué para conocer más de su vida.



El joven que adornaba las calles de Tunja con su hermosa música se llama Manuel Delvasto Ricaurte, su nombre ya le queda bastante bien para su oficio. No es ningún músico de renombre, menos de esos trillados que ya estamos cansados de escuchar. Es de Natagaima, Tolima, pero a razón de sus estudios hace 17 años vive en Bogotá con su madre y hermana, tiene 29 años y hace 15 es músico.

Es admirador de ilustres representantes como Vivaldi y Niccolò Paganini, aunque dice que este último le parece “algo loco”. “Mi gusto por la música parte de que cuando estaba pequeño, tenía unos 4 años, mi tía practicaba clarinete para entrar a una papayera, todas las noches la escuchaba y de ahí descubrí que me gustaba”. Tan grande fue ese gusto que se volvió una pasión y una decisión de vida, así que ingresó a la Fundación Artística Gentil Montaña de Bogotá para estudiar Música.

Al principio no contó con la aprobación de su familia. “No querían que fuera músico, me decían que hiciera lo que quisiera pero que ¿cómo pensaba vivir de la música? Insistí tanto que me convertí en lo que quería ser. Ahora se dieron cuenta que podía lograrlo y en los viajes me piden que me cuide y que me rodee de buenas personas”.

Los primeros estudios de Manuel, fueron en guitarra eléctrica, después pasó a guitarra clásica, bajo, piano y ahora se dedica a violín y tiple. Pero su primer instrumento lo tuvo a los 6 años y fue un acordeón para niños. Personas que lo escucharon en la Plaza coincidían en que es sin duda un músico prodigioso y de mucho talento. “Comencé con rock and roll, blues, después pase a jazz, hacía mucho Choro brasileño y Bossa Nova, me encanta ese ritmo. Me dediqué mucho al piano pero al final me quedé con el violín porque es portátil, pues el plan siempre había sido viajar haciendo música. En ese lapsus entre piano y violín estudié también cocina, así que soy chef”.



La adquisición del violín fue algo de no esperar, Delvasto fue en busca de un tiple y al ver el violín le gustó tanto, que aprovechó que llevaba los 140.000 pesos que le costaba el instrumento y lo llevó.
Al parecer, Manuel estaba lleno de sorpresas, e intuía que faltaban más. ¿Por qué un músico decide ser chef? Tal vez porque simplemente le gusta comer bien y cocinar para sus seres queridos, creí. Pero me sorprendió la razón “estudie cocina porque quería viajar en un crucero, quería pasar el Atlántico. Pero me aburrí del sistema, de estar cumpliendo horarios estrictos y trabajar mucho ganando poco. Además siempre había hecho música, así era como quería viajar”.

El joven soñaba con recorrer aguas atlánticas, y creyó que la mejor forma de hacerlo era cocinando para los comensales de un crucero, pero en el fondo, realmente quería encantarlos con su música al vaivén de las olas, y no solo allí sino en las calles de cada ciudad donde su arte sea apreciado. “A los 15 o 16 años era como varios músicos principiantes, quería sonar en la radio, la fama y todo esto. Pero después vi que no era lo mejor. Empecé a salir con el violín y al principio ganaba unos 5000 pesos, actualmente, por contratos pido unos 120.000 pesos si estoy solo y si estoy con mi compañero 240.000. En la calle gano un promedio de 50.000 (expresa entre risas y con timidez) Si nos contratan y toca viajar cobramos también los viáticos. El sueño del crucero sigue pendiente, pero quiero hacerlo con la música.”

Empezó solo, con las reglas de la música que ha adquirido en sus estudios y requirió mucha práctica para que empezara a sonar bien. “En sí, todos los instrumentos de cuerda tienen un mapa y entonces hay que descifrar cuál es el mapa del instrumento. Eso fue lo difícil, el movimiento específico de la mano, el equilibro en la mano derecha y dedo meñique. Al principio suena como matando un gato” Tan difícil fue lograrlo que con solo una semana de práctica, Manuel sintió que no podría y lo guardó durante un año, pero su persistencia y gusto por los retos, lo llevaron a intentarlo de nuevo. “Me enamoré de el por lo difícil, es muy complicado tocarlo, mucha paciencia y práctica, demasiado oído y buena teoría, requiere ciertas habilidades, pero me lo propuse y dije: No voy a parar hasta que me paguen por hacer música con el violín”.

En su primer viaje como mochilero, “ya ronroneaba el gato” y fue a Santa Marta vendiendo artesanías. Estando allí, un violinista argentino que también tocaba en las calles le propuso enseñarle algunas cosas, así que durante un mes, todos los días en la playa practicaban por 2 horas. “Él fue el que me dio los trucos y las mañas, por decirlo así. Fue mi único maestro. El tipo tenía el peor violín del mundo pero sonaba excelente, yo ya llevaba unos 3 años practicando violín, y en 1 mes me pulí bastante”.

Desde eso, Manuel ha ido a muchos lugares de Colombia como Boyacá, Santander, Tolima, Eje cafetero, Santa Marta y Riohacha, pero en diciembre piensa tomar rumbo al sur, hacia Chile, Argentina, Perú, Ecuador, Brasil y Latinoamérica en general. Subsidiándose como hasta ahora lo ha hecho, trabajando en la calle, enamorando al público. “Afortunadamente les gusta y de ahí salen contratos porque la gente ven y escuchan lo que están contratando entonces están seguros de lo que están pagando”.
Delvasto es un joven con buen sentido del humor, simpático, de una gran energía. Me llamaba la atención cómo reía al recordar cada anécdota y capítulo de su vida. “Normalmente viajamos en bus, a veces negociamos con el conductor y muy rara vez ha sido auto stop. Toca tener al lado una chica linda, pero como somos hombres ni modo, toca pagar el pasaje”. Decía riendo y mirando a su novia, su chica, como él la llama. “Viajar ha sido muy bueno –me decía sonrojado- me dicen que suena muy agradable, que tengo mucho talento”.

Estoy segura que no son esos los únicos comentarios que recibe, pero Manuel es sencillo, humilde y sabe que cada día puede ser mejor que el anterior. Para mí es un artista, un “duro” del violín, toca como pocas veces he llegado a ver, que además de maravillarme con el sonido de su instrumento favorito, de tantos que ha tocado, cambió mi concepto sobre cómo puede ser feliz un artista sin estar bajo la presión de una disquera y una audiencia cambiante, sin estar en la tarima de un gran escenario, recibiendo aplausos de gente que pasa por allí y no puede evitar detenerse.

Dice que lo han marcado presentaciones como la de Ana María Quintero, una joven de Ibagué a quien describe como una promesa del violín en Colombia. “La locura” y también Gustavo Dudamel, un músico y director de orquesta venezolano. “Cada uno tiene un estilo muy único, a uno como que le gustaría robarse ese estilo y hacer el propio. Mi estilo es la música del mundo. Un poco de todo, Colombiana, Jazz, Reggae, Rock and Roll, Vals, Jazz gitano, una que otra canción propia inspirada en el circo y en historias de vida.”

Las audiencias para Manuel Delvasto son buenas siempre, pues ama lo que hace y da todo de sí, pero resalta presentaciones en sitios como Ibagué donde resultó tocando con los jóvenes del conservatorio, Salento “una tarima excelente” y dice que Tunja es una ciudad donde la cultura y la música son bien recibidas, aunque aquí no logró ser contratado. La única mala experiencia, dice que fue en Medellín, “En Medellín es la ley del absurdo no molestan a los vendedores de la calle por invadir espacio público pero si a los músicos porque no son de Medellín. Para hacerse un buen día se necesitan mínimo 3 horas, ahí saco lo que necesito. En Medellín máximo toco 1 hora”.

A futuro este violinista que toca covers de forma inigualable piensa dejar grabadas al menos 6 canciones propias y re grabar algunos covers ahora que tiene mejor tecnología y mayor experiencia, además quiere agregar sonidos de tiple y el clarinete de su hermana.
Por último, no podemos mas que agardecer a este gran músico por permitirnos disfrutar de sus melodías en la bella ciudad de Tunja, apoyamos su trabajo y su talento 100% colombiano y lo esperaremos con gusto en próximas ocasiones.

Fuente: Johana Ramírez Alarcón

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