Opinión

 miércoles 16 de junio de 2021

 

Las mujeres, primeras víctimas del estallido social

Foto: Twitter

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El estallido social que vive Colombia en las últimas seis semanas es la consecuencia normal e histórica al proceso de descomposición de una sociedad que enfrenta de manera cada vez más fuerte pero indolente la desigualdad, la exclusión, la carencia, la pobreza, el fracaso, el atraso, el subdesarrollo y la falta de oportunidades y de capacidades.

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Vivimos horas muy especiales, muy particulares, horas en las que estamos siendo sometidos al juicio de los tiempos futuros; horas que se ven y sienten como obscuras, las más obscuras, pero que quizá y dependiendo de lo que siga, podrán llegar a ser vistas alguna vez como los tiempos en los que como sociedad, nos pusimos de nuevo de pie; como Nación, reclamamos de nuevo nuestra independencia; como seres humanos, luchamos de nuevo por nuestro derechos y que después de recuperarlos, fuimos capaces después de legar, de transmitir a las generaciones del mañana una Patria mejor, un mundo mejor.

Sin embargo, todos los tiempos de crisis y de cambio incorporan unos costos altísimos que en muchos casos son supremos. Defender los valores de nuestra cultura, la democracia, la igualdad, el derecho a los derechos humanos universales, no siempre es un ejercicio tranquilo de orden académico, teórico y/o político. En medio de estos procesos reivindicatorios suelen surgir de manera a veces terrible y como una necesidad no deseada, el sacrificio, la victimización, la pérdida de derechos, el incumplimiento de los deberes, la pérdida del sentido y el fin de la vida humana.

Quiero hoy hacer hincapié en algo evidente: hemos visto en estos últimos conmocionados acontecimientos de qué manera cruel, la fuerza y violencia se ensañan sobre los excluidos de siempre, de manera que las mujeres, los niños, los más jóvenes, los pobres, los campesinos, los desposeídos, las minorías étnicas y/o sexuales, los que normalmente no tienen poder de opinión ni decisión, son quienes han perdido primero sus derechos, su libertad y su vida, mientras que los privilegios y privilegiados de siempre se sostienen y además siguen tomando las decisiones sobre el destino de los demás.

Las mujeres merecemos particular atención en este asunto porque hemos sido sometidas a múltiples procesos de victimización en donde hemos vuelto a ser desoídas cuando hablamos, ignoradas cuando protestamos, invisibilizadas cuando nos levantamos; nos vamos convirtiendo solo en viudas abandonadas, adolescentes y jóvenes torturadas y violadas, estadísticas sometidas y asesinadas.

Menos mal así no termina la cosa porque lo mejor del ser humano aflora en la conmoción: Porque también son nuestras mujeres estudiantes, nuestras mujeres lideresas, nuestras mujeres madres de lo que se ha llamado la primera línea, nuestras mujeres madres de Soacha o de la Candelaria las que han puesto de la manera más física posible, el pecho en este asunto. Y al lado de ellas, lideresas de opinión, amas de casa, políticas, empresarias, comerciantes han tomado partido también a favor de los excluidos y en contra de la opresión y la persecución. De uno y otro lado hemos ido engrosando una lista poco feliz pero siempre orgullosa de nuestras propias mártires… Cómo olvidaremos el llanto de las madres cuyos hijos no regresarán a casa jamás; cómo acallaremos el grito de justicia de aquellas niñas, adolescentes, jóvenes o adultas que han sido tomadas sexualmente y rotas físicamente por quienes deberían haberlas protegido; cómo dejaremos de contar el clamor de las viudas que padecerán no solo la aflicción del corazón sino también la carencia económica ante la pérdida de esposos, compañeros y compañeras permanentes, con quienes habían hecho o soñado hacer familias y construido planes futuros. Cómo calmar este dolor tan grande; solo la justicia nos podrá consolar.

Seguramente no tenemos en esta columna una respuesta para tanto, tan absurdo y tan justo clamor. Pero sí tenemos una idea y una responsabilidad: apoyar los procesos de reclamación y de reconocimiento de derechos en los que las mujeres se puedan levantar como lideresas, en donde las mujeres victimizadas puedan reclamar justicia, en donde las mujeres que hemos perdido sean reconocidas y recordadas.

No estamos pidiendo un trato excepcional, y menos en estos tiempos en donde tantas y tantos han sido sometidos a injusticia, persecución, tortura, violación y muerte. Pero sí le exigimos a esta sociedad que históricamente se ha ensañado con nosotras las mujeres, desconociéndonos como sujetos de derechos, que nos reconozca un trato diferencial, que nos vea en nuestra real dimensión, es decir que deje de ser sorda y ciega frente a la realidad y nos tome en cuenta para todo y sin excluirnos, como el factor decisivo que somos para alcanzar el giro histórico que tarde o temprano deberemos tomar si queremos sobrevivir en paz, democracia, desarrollo y progreso.

Fuente: Adriana Camacho León

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