Cultura

 viernes 27 de septiembre de 2019

 

Crónica: permisos para ir a fiestas

Foto: Chile Vive

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Hace cuatro décadas uno se encontraba a los conocidos para ir a tabernas o a fiestas familiares, hoy se encuentran es para asistir a los sepelios de los amigos.

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Me encontré con un viejo amigo que vive en Bogotá, a la salida de la catedral de Tunja, hace unos días y yo le dije –Hola Dieguito, últimamente nos estamos encontrando es en los sepelios, a lo que mi pariente me contestó: - Mire Orlando, hace 40 años nos encontrábamos era para parquearnos un la esquinas del centro de la ciudad para hablar pendejadas y echarle piropos a las muchachas o para irnos de bebeta a las tabernas o a alguna fiesta familiar, hoy en día nos volvemos a encontrar, aunque vivamos lejos, es para asistir al sepelio de los amigos.
-Nos estamos volviendo viejos, le replique…
En la década de los años 70 del siglo pasado, Tunja era entonces un pueblo grande, en transito de convertirse en ciudad; todos los jóvenes de entonces nos conocíamos, sabíamos en que colegio estudiábamos, quienes eran nuestros padres y en que trabajaban, en fin llevábamos una vida tranquila y feliz, lejos de las afugías cotidianas, como diría el Nobel Gabriel García Márquez: “éramos vagos, felices e indocumentados”.

Por esos años, era costumbre efectuar fiestas en las salas de las casas y entonces sucelebración se divulgaba de voz a voz (hoy en día se promocionarían por Internet) y quienes eran amigos de esa casa, llegaban muy puntuales, había mucha animación y poco licor, pero se bailaba sabroso.
Las muchachas no podían ir solas a esas fiestas, siempre tenían que llegar acompañadas de un hermano o un pariente, generalmente era un hermano menor el que asistía a estas fiestas y generalmente estos chicuelos se aburrían enormemente.
Cuando ya despuntábamos en la adolescencia, comenzábamos a frecuentar tabernas, que las había en abundancia en el centro de Tunja y entonces las noches de los viernes se convertían en carnavales, las calles Vivian repletas de jóvenes en plan de rumbear.

Nuestro grupo de “jóvenes bien” también se unía a las noches de jolgorio; ahorrábamos toda la plata que nos daban en nuestras casas para las onces del colegio y llegado el viernes, hacíamos “vaca” para comprar una botella de aguardiente, que hacíamos rendir recalentado hasta altas horas, o hasta que la alborada nos sorprendiera.
La felicidad mas grande de nuestros tiempos de colegio, era esperar la finalización del año escolar y en consecuencia la llegada de las vacaciones, porque sabíamos que en pocos días llegaría el legendario aguinaldo boyacense.
Nosotros no queríamos ver carrozas y las actividades culturales del día, tampoco eran de nuestro interés, solo esperábamos que pasaran las carrozas, las comparsas y los disfraces individuales, para hacer nuestra aparición en la plaza de Bolívar, después de las 9 de la noche, hora en que las orquestas nacionales e internacionales empezaban a retumbar en los inmensos estrados que generalmente se levantaban frente a la alcaldía.

Miles y miles de jóvenes gozábamos a mas no poder de esas llamadas verbenas populares que se vienen efectuando desde hace mas de 50 años, siempre en la plaza de Bolívar de la capital boyacense.
Las “guerras” de harina, confeti, miel y pinturas se daban especialmente en la esquina de la calle 19 con carrera décima, donde era imposible pasar sin que se fuera victima de quienes promovían esa actividad, casi todos amigos. Llegábamos a nuestras casas cuando ya había salido el sol y tocaba de una lavarnos el cuerpo con agua caliente para quitarnos de encima esos elementos que nos habían untado en esa mentada esquina.
Dormíamos un rato y de nuevo a la siguiente noche retornábamos a ese carnaval bailable que disfrutábamos a rabiar.
Pero pasaron los años, casi todos los amigos se hicieron profesionales, muchos se fueron para otras ciudad, algunos se quedaron; varios han fallecido y como ocurrió hace unos meses, cuando nos encontramos con el pariente Diego, en cuatro entierros durante el mismo mes, ya todos nos estamos yendo poco a poco; antes nos encontrábamos para
ir de farra, ahora lo hacemos para visitar templos y llorar a nuestros amigos muertos.

Fuente: BR - Orlando García Moreno

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