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 viernes 11 de agosto de 2017

 

La Historia del hombre más rico de Colombia en el comienzo del siglo XX

Foto: Banrep

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Jose Maria Sierra, más conocido como Pepe Sierra, fue un campesino iletrado que acumuló la mayor fortuna de la Colombia de finales del Siglo XIX y comienzos del XX

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La historia de José María Sierra, un campesino iletrado, que jamás se puso zapatos pero amasó una fortuna inconmensurable a finales del siglo XIX es una muestra de consagración y esfuerzo.

Muy pocos conocen esa historia, la de don Pepe Sierra, como fue más conocido... y en su honor se nombró la Avenida Calle 116 de Bogotá, un sector muy distinguido. A Sierra también le llamaban “El Becerro de Oro” o “El Campesino Millonario”.

Sierra nació en Girardota, un municipio al norte de Medellín famoso por sus trapiches de caña, su aguardiente de contrabando y las peleas de gallos.

A los 14 años recibió unos terrenos como parte de su herencia, y con mucho trabajo y perseverancia, logró aumentar la cantidad de terrenos, con apenas instrucción pues solamente sabía firmar, sumar, restar y era poseedor de una astucia sin igual para hacer crecer su dinero. Era pragmático en sus inversiones, ahorrativo en sus gastos e ingenioso para producir dinero.

La sagacidad y la especulación fueron las armas que le sirvieron para engordar su descomunal riqueza que alcanzó a superar, en ese entonces, los veinte millones de pesos y llegó a ser —caso único en la historia nacional— más solvente que todos los gobiernos de su época.

Por esta razón, la manera sencilla como un campesino de origen humilde y rústicos conocimientos escolares acumuló, engrandeció y administró uno de los mayores capitales del siglo XIX y comienzos del XX han convertido a don Pepe en un personaje de leyenda y le han merecido un rincón destacado en las célebres páginas de la historia colombiana.

Por eso a finales del siglo pasado, don Pepe fue seleccionado por varios órganos informativos y periodísticos como uno de los personajes del siglo XX.

A un escribiente, que en la vejez pretendió enseñarle la ortografía de la palabra “hacienda”, lo remató en el acto: “Mire, joven, yo tengo setenta “aciendas” sin hache, ¿y usted, cuántas tiene con h?” Inició la acumulación de su fortuna a los catorce años cuando tuvo su primera parcela que heredó de la repartición de la finca de sus padres entre siete hermanos, y a los veinte ya su patrimonio originaba comentarios.

Era infatigable: trabajaba sin descanso de día y de noche, dedicado a la cría de ganado, siembra de caña y fabricación de panela. Los sábados y domingo era arriero. En su madurez se dedicó al remate de las rentas estatales y a la inversión de bienes raíces.

La expansión de su patrimonio fue visible en terrenos de Antioquia, Valle del Cauca, el viejo Caldas y Cundinamarca, donde llegó a tener setenta “aciendas” ganaderas muy bien organizadas. En Bogotá ejerció su poderío a lo largo de la Calle Real -actualmente Carrera Séptima- hasta la hacienda Hatogrande en el corazón de la sabana -hoy casa de los Presidentes-. Don Pepe siempre tuvo claro que en una economía débil e inflacionaria como la colombiana “lo único que engordaban eran los lotes de terreno y el ganado que pastaba en ellos”.

Diferente a las costumbres de los grandes ricos y potentados de la historia, don Pepe no era amante de los viajes, jamás salió de Colombia, odiaba las comodidades, detestaba los banquetes y vivía de manera franciscana: nada de lujos ni cosas superfluas. Se vestía con pantalones bastos, camisas fuleras y jamás usaba zapatos. Como caso curioso, su acentuada fama de mujeriego -tuvo alrededor de veinte hijos- iba acompañada con la de miserable y tacaño, pues consideraba “el ahorro como el valor fundamental”.

A finales del siglo XIX cuando se fue a vivir en Bogotá no aumentó en lo más mínimo los gastos de representación social de su familia. De gallero y apostador en los bajos fondos de San Victorino terminó viviendo en la Calle Real, en medio de los bancos y los opulentos, en una casa modesta con escasos enseres y ausencia de adornos.

Al ensanchar su poder económico, muy pronto desapareció su timidez de campesino, convencido de ser el único capaz de sacar de apuros a los paupérrimos gobiernos de la época. Los presidentes Rafael Núñez, Miguel Antonio Caro, José M. Marroquín, Jorge Holguín, Rafael Reyes, Ramón González Valencia, Carlos E. Restrepo, José Vicente Concha y Marco Fidel Suárez figuraron entre su lista de clientes. A todos les hacía préstamos personales. Casó a su hija Clara con un hijo del presidente Rafael Reyes y pisaba con frecuencia las alfombras del Palacio de San Carlos, siempre calzando cotizas.

En 1916 retornó a Medellín y allí murió cinco años después, atacado por crisis nerviosas y fuerte arterioesclerosis, acompañadas de su crónico desinterés por los negocios. Hoy, la fortuna que amasó hace más cien años, a pesar de las múltiples subdivisiones, sigue siendo sólida.


Con información de PanoramaCultural.com.co

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Fuente: Boyacaradio.com

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